Luis Flores Rábago
La adaptación de Frankenstein dirigida por Guillermo del Toro se erige como una de las lecturas más fieles, ambiciosas y emocionalmente densas del texto de Mary Shelley. Más que una reinvención estética del mito, la película se convierte en un ensayo visual sobre la creación, el abandono y la naturaleza de la humanidad. Del Toro no busca simplemente modernizar el relato gótico, sino reactivar su médula filosófica: la tragedia de un ser que aprende la compasión solo a través del dolor.
Desde el inicio, la película deja claro que no pretende ser un relato de horror tradicional. Su foco está en el conflicto entre el impulso creador y la responsabilidad moral del creador. La fidelidad de Del Toro a la esencia de Shelley no se traduce en literalidad narrativa, sino en coherencia espiritual. Su Frankenstein es una reflexión sobre la arrogancia de la razón y la ceguera del intelecto cuando se disocia del afecto.
En este sentido, el director mexicano recupera con precisión el núcleo temático del mito prometeico. Víctor Frankenstein, interpretado con intensidad contenida por Oscar Isaac, encarna el paradigma del hombre moderno que confunde la conquista del conocimiento con la trascendencia moral. Del Toro reinterpreta su pecado no como el acto de creación, sino como la falta de empatía hacia aquello que crea. El verdadero monstruo, sugiere la película, no es el resultado de la ciencia, sino la ausencia de amor.
Como en El paraíso perdido de John Milton —texto que inspiró directamente a Shelley—, la relación entre creador y criatura se invierte: el ser creado, repudiado por su padre, se convierte en un reflejo del ángel caído. La Creatura de Del Toro no busca destruir a su creador, sino comprenderlo; y en esa búsqueda descubre que el mayor castigo no es la expulsión del Edén, sino la conciencia del abandono.
Jacob Elordi ofrece una actuación notable como la Creatura: su presencia combina la fragilidad y la violencia de un ser que nunca pidió existir. Su monstruo no se define por el horror físico, sino por la lucidez emocional. En él, Del Toro condensa una figura trágica profundamente contemporánea: un ser condenado no por lo que hace, sino por lo que siente. La célebre secuencia del encuentro con el anciano ciego, tratada aquí con un lirismo casi místico, funciona como el corazón del filme, suspendiendo todo juicio visual para revelar la humanidad del monstruo y la ceguera de los hombres.
Uno de los mayores aciertos de la película reside en la incorporación del punto de vista femenino, tradicionalmente ausente en otras adaptaciones. La doble interpretación de Mia Goth —como la madre de Víctor y como Elizabeth— introduce un eje emocional que reconfigura el relato. A través de ella, Del Toro sugiere que la verdadera redención de la Creatura proviene del reconocimiento y la ternura, no del perdón ni de la ciencia. Su mirada —maternal y empática— funciona como contrapeso a la racionalidad destructiva de los personajes masculinos.
En reiteradas ocasiones, Del Toro ha manifestado su rechazo a la Inteligencia Artificial, y esa postura resuena con la raíz de su obra: la advertencia de que, en nuestra obsesión por crear y producir, hemos empezado a olvidar el porqué de hacerlo. Su cine parece recordarnos que la técnica sin conciencia no es creación, sino repetición vacía. Y que cuando el corazón queda fuera del proceso, lo que obtenemos ya no es arte, sino una simulación de lo humano.
Visualmente, Frankenstein es una obra de exuberancia barroca. El diseño de producción y el uso de efectos prostéticos reflejan el amor de Del Toro por la materialidad del cine clásico. Cada plano parece esculpido con una atención artesanal, evocando tanto la iconografía gótica del siglo XIX como la sensibilidad expresionista. Sin embargo, esta riqueza visual no está exenta de riesgos: el metraje extenso y la densidad de su tono pueden volverse autocomplacientes, y la omisión de ciertos pasajes clave de la novela —como los intentos de la Creatura de acercarse a la sociedad humana— privan al personaje de Elordi de una dimensión adicional de inocencia y soledad.
Aun con sus excesos, la película confirma a Del Toro como uno de los pocos cineastas capaces de dotar de alma al espectáculo. Frankenstein no es solo una lectura cinematográfica del texto de Shelley, sino una meditación sobre el propio acto de crear. En el laboratorio de Del Toro, la materia no cobra vida por la electricidad, sino por la compasión. Y en ese gesto final, profundamente humano, se cifra su mayor hallazgo: el monstruo es siempre el reflejo de quien lo mira.
¿Ya tuviste la oportunidad de ver la película? ¿Qué te parece la visión de Del Toro sobre el mito de Frankenstein? ¿Crees que esta historia sigue teniendo algo que decirnos hoy? ¡Cuéntanos en los comentarios!










1 comentario en “FRANKENSTEIN: LA EMPATÍA NACE DEL HORROR – CRÍTICA”
Maravillosa crítica, al cine a verla.